Tiempo de Cuaresma

Otra vez estamos por iniciar la Cuaresma, y conviene saber qué es, para saber, entonces cómo vivirla

La Cuaresma es preparar la Pascua. O mejor todavía: la Cuaresma es la primera parte del tiempo de Pascua, un tiempo que tiene su centro en los días santos de la muerte y la resurrección de Jesús, y que tiene su segunda parte en la Cincuentena Pascual. los 50 días de fiesta en honor del Señor resucitado que acaban con el día de Pentecostés.

cuaresmaUna buena manera de mirar este tiempo es verlo como la primera parte del ciclo pascual. El miércoles de Ceniza comenzamos un camino que nos llevará a vivir y celebrar con gozo, largamente, la vida nueva de Jesús, que es nuestra propia vida.

De ahí, que la pregunta que hay que hacerse a la hora de pensar en la Cuaresma es: ¿cómo procuraré yo, y cómo procuraremos en familia , que la celebración de la Pascua de este año sea verdadera?

Seguro que si la pregunta nos la hacemos así, el resultado será muy serio. Nos daremos cuenta de que vivir la Pascua de manera verdadera comporta cambios en la propia vida, y cambios en la vida de la familia. Pero cambios que vayan a las raíces; cambios que, en definitiva, hagan que nuestra vida  se acerque más a la vida de Jesús. Con conciencia de que el camino es un camino que siempre vuelve a comenzar, porque somos débiles y pecadores, pero con conciencia de que lo hacemos por Jesús y acompañados de Jesús.

El objetivo no es un empeño ascético de mejora personal, ni es “quedar bien” con Dios a base de sacrificios; el objetivo es unirnos a Jesucristo renovando nuestra adhesión a él con la fe reafirmada, con una renovada participación en sus sacramentos, y con una vida de amor que intente parecerse a la suya.

SU HISTORIA.

El tiempo de cuaresma nació marcado por dos hechos sacramentales: era el tiempo en que los que querían bautizarse culminaban su preparación para celebrar el bautismo en la Vigilia Pascual (¡el día de la resurrección de Jesucristo es el mejor día para incorporarse a su vida nueva!); y era el tiempo en que los pecadores (los que habían roto gravemente la comunión eclesial con su comportamiento) hacían penitencia para ser reconciliados el Jueves Santo y poder volver así a integrarse a la comunidad.

El eco de estos dos sacramentos marca también nuestra Cuaresma: es tiempo para reconciliarnos con Dios y es tiempo de renovar nuestro bautismo en la Vigilia Pascual. Y este camino culmina con un tercer sacramento, el sacramento de la presencia constante de Jesús resucitado en medio de nosotros: la Eucaristía. Porque la Eucaristía en la noche de Pascua es, efectivamente, el momento culminante de todo nuestro camino cristiano.

SUS ETAPAS Y TEMAS.

La Cuaresma comienza, como una preparación, el Miércoles de Ceniza, y más solemnemente el primer domingo de Cuaresma. Y acaba el Jueves Santo al mediodía: en la tarde del Jueves Santo, con la Misa de la Cena del Señor nos introducimos en el Triduo Pascual, los días de la muerte, sepultura y resurrección del Señor.

La Cuaresma dura 40 días, que evocan los cuarenta días de Jesús en el desierto antes de comenzar su misión, y los cuarenta años del pueblo de Israel, también en el desierto, de camino hacia la tierra prometida. Si nos fijamos bien en los Evangelios de los domingos, nos daremos cuenta de que este tiempo tiene tres partes:

  1. Los dos primeros domingos. Cada año leemos las mismas escenas evangélicas, según el evangelista que corresponde cuaresma-1a ese ciclo: son las escenas de las tentaciones y de la transfiguración, que nos recuerdan dos aspectos claves de nuestro camino cuaresmal. Las tentaciones nos recuerdan que Jesús tuvo que luchar contra el mal, y el mal era la posibilidad de ser un Mesías bien alimentado, poderoso admirado… Él se negó porque el camino de Dios no es éste, sino el del amor fiel y entregado (y nos invita a todos a ser como él). La transfiguración nos hace mirar hacia el final de la vida de Jesús, la muerte en la cruz, y nos invita a creer que, contra todos los criterios humanos éste es un camino luminoso, el camino de la vida.
  2. El tercero, cuarto y quinto domingos, este año centran nuestra atención en un aspecto clave en el tiempo cuaresmal: la llamada a la conversión, que es a la vez anuncio del amor misericordioso de Dios que siempre nos da la mano para levantarnos y comenzar de nuevo.
  3. El domingo de Ramos. es el sexto domingo de Cuaresma. Ese día, nuestra mirada se fija en Jesús que comienza su camino definitivo. Primero, lo aclamamos reconociéndolo como nuestro Señor y guía, y después en la Eucaristía lo contemplamos en su Pasión.

Además del itinerario de los Evangelios, los domingos de Cuaresma nos ofrecen también otro itinerario de reflexión: es el itinerario de las primeras lecturas. Durante la cuaresma, son un repaso de los grandes momentos de la historia de la salvación, La historia que nos conduce hacia el momento culminante de Jesús y su Pascua. Cada año leemos escenas diferentes, comenzando por el inicio de la historia humana pasando por Abraham deteniéndonos en la historia del pueblo de Israel, mirando el futuro a través de los anuncios proféticos que nos hablan de la nueva alianza que Dios hace con la humanidad, y acabamos el domingo de Ramos con la figura del siervo de Yahvé, la imagen más clara que tenemos en el Antiguo Testamento de la entrega de Jesús para darnos vida. Es un itinerario que nos ayuda a descubrir cuál es el estilo de Dios que acompaña la historia humana, y ayuda, a la vez, a vivir este tiempo como un camino hacia la plenitud.

Es importante hacer un programa personal para vivir la Cuaresma. Quizá el mejor programa sería preguntarse si pensamos como Jesús pensaba, si tenemos sus mismos criterios ante las cosas, intentamos vivir como Él vivía. Podríamos resumirlo así: si tenemos la misma ideología de Jesús.

Convertirse es esto:  cambiar de manera de pensar, cambiar de dirección, y adoptar la misma manera de pensar, ponerse en la misma dirección, que Jesús. Lo cual supone que incluye dejar el pecado en el que se ha caído y hacer penitencia: tomar la actitud concreta del hijo pródigo, qué arrepentido, se pone en el camino de retorno hacia su padre. La reconciliación es un don gratuito que Dios conceda el hombre mediante su Gracia, pero requiere de la cooperación libre y personal del hombre.

EL SENTIDO DE LA PENITENCIA

Más que ningún otro tiempo,  los Viernes de Cuaresma son días penitenciales por excelencia. Una penitencia unida la oración, una penitencia que encamina hacia los bienes eternos. Tradicionalmente la penitencia se ha concretado en:

  • Ayuno: comer poco, llegar a sentir hambre, dejar la comida que no estés habitual para recordar que no sólo vivimos de cuaresma-2pan. El alimento material no es lo esencial para la persona, por eso dejado (o disminuirlo) durante un día en la semana para profundizar en la necesidad de otro alimento, conviene para una adecuada preparación. Ayunar por ayunar no tiene sentido. Los gritos quedan nuestro estómago pidiendo pan son los gritos que tendríamos que escuchar del alma cuando no le dejamos el alimento que precisa.
  • Abstinencia: privación de carne, y la tradición eclesial. Pero bien Pudieran ser otros alimentos: golosinas, sal, azúcar, pan… A lo mejor, para algunos, cuesta más privarse del cigarro, de unas horas de TV o internet que de algún alimento que puede ser sustituido por otro manjar fácilmente… El quedar tranquilos por haber cumplido la ley, con la abstinencia de carne, pero sin haber entrado en el espíritu de la ley, no es abstinencia. La abstinencia nos habla de abstenernos de las obras del hombre viejo, del hombre que éramos antes de la conversión.
  • Limosna: dimensión social de nuestro desprendimiento;  reconocimiento de nuestro real egoísmo que nos lleva no pensar en los demás.  Limosna no es sobras, es desprendimiento de algo necesario, de algo propio. De lo contrario no hay conversión interior ni reconocimiento del otro.
  • Oración: es la “salsa” de la cuaresma. El viernes podría ser un día marcado por la oración: oración personal y oración comunitaria. La tradición popular instituyó el Via crucis como forma de oración típica de los viernes cuaresmales. No es algo pasado de moda. Pero otras cosas pueden surgir la escuela de la oración, el inicio de la celebración de las laudes, o al menos, de las Vísperas.

EL SACRAMENTO DE LA RECONCILIACIÓN.

Esta es la mejor forma para concretar la conversión, pero requiere una adecuada preparación:

  1. En primer lugar la toma de conciencia del “yo pecador” mediante el examen de conciencia, acto por el que, con confianza filial, iluminados por la luz de Dios y de su Palabra, alcanzamos un conocimiento real de nuestros pecados, y escuchando la voz del Padre que nos llama, nos disponemos a recibir su perdón.
  2. Después, el dolor de los pecados, la contrición o arrepentimiento de haber pecado, junto con el propósito de la enmienda, sin los cuales no hay perdón posible. El arrepentimiento cristiano es un dolerse sinceramente de haber ofendido al Padre junto con la firme decisión de rechazar el pecado y la voluntad de comenzar a vivir de un modo nuevo  reparando los daños ocasionados con el auxilio de la gracia.
  3. En tercer lugar la confesión la acusación sincera de los propios pecados ante el ministro de Jesucristo para recibir el perdón de Dios. Se trata de una manifestación de nuestra concreta situación pecadora personal, una acusación Integra de los pecados de los que se tenga conciencia.
  4. La verdadera conversión se realiza con la satisfacción por los pecados, el cambio de vida y reparación de los daños. El cumplimiento de la pena impuesta por el confesor, es el signo del compromiso personal que cristiano ha asumido ante Dios de comenzar una existencia nueva.

Examen de conciencia

  1. Respecto a Dios y a la vida de fe: ¿tengo presente a Dios en mi vida? ¿Quiero que todo lo que soy y hago se dirija Dios? ¿Pongo en él la confianza fundamental de mi vida, o la pongo en otras cosas? ¿Tengo momentos de oración,  de diálogo confiado con Dios? ¿Participó en la oración de la Iglesia, especialmente en la Eucaristía de los domingos? ¿Mi vida es un verdadero testimonio del Evangelio, de modo que los demás, al verme, se sientan atraídos a la fe? ¿Me he mostrado cristiano en mi vida privada y pública? ¿Me preocupo por mi formación cristiana, escuchando y leyendo la Palabra de Dios, participando en la catequesis? ¿Ayudo económicamente las necesidades de la iglesia?
  2. En la relación con los demás ¿Tengo Claro que ser cristiano implica no desentenderse de los demás? ¿Tengo amor a los demás, o me sirvo de ellos para mis intereses? ¿O quizá a los demás lo que no quisiera que me hicieran a mí? ¿Se escuchar a los demás? ¿Se dialogar, comprender, aceptar las opiniones y pareceres de los demás? ¿He violado la vida, la integridad física, o los bienes de los demás? ¿Les he producido algún daño? ¿He tenido odio alguien? ¿He hecho todo lo que he podido para superar las disensiones y situaciones de tirantez? Si conduzco coche u otro vehículo, ¿lo hago como es debido? Si me encontrado con algún accidente, ¿he prestado me ayuda cuando era necesario? ¿He robado o he deseado injusta y desordenadamente los bienes de los demás o les he deseado injusta y desordenadamente los bienes d elos demás? o les he  producido prejuicios? Si ha sido así, ¿he procurado restituir y reparar los daños que he causado? ¿He engañado estafado en los negocios? Si he sido injuriado, ¿He procurado la paz y he estado dispuesto a perdonar por amor de Cristo, o bien conservo odio y deseo de venganza? ¿Me he considerado superior a los demás y los he menospreciado? ¿He impuesto a los demás mi voluntad sin respetar su libertad de sus derechos? ¿El respetado al marido o a la mujer de los demás? ¿ Me gusta murmurar y criticar? ¿He propagado rumores que creaban mal ambiente y desánimo? ¿He difundido insinuaciones maliciosas,  medias palabras o juicios que contribuyan a dar mala  fama y dañar a otros? ¿Cuando alguien ha sido acusado criticado injustamente,  me he desentendido del tema en lugar de defenderlo y testificar a su favor? ¿He sentido envidia de las cualidades de los demás? ¿He intentado desacreditar a alguien por envidia? ¿Respeto los derechos de los demás en las cosas pequeñas de cada día,  por ejemplo en las colas de las tiendas o los autobuses,  no queriendo pasar cuando no me toca? ¿Mantengo buenas relaciones con los vecinos? ¿Procuro hacer la vida más fácil y agradable a los demás? ¿Soy amable?
  3. En la vida de la familia.
    • En la relación entre los esposos:  ¿Me esfuerzo para que crezca el amor entre los dos? ¿ Ay cariño, diálogo entre ambos, y responsabilidad compartida,  o bien me preocupo sólo de mis cosas y me creo en la en el derecho de imponer siempre mis criterios? ¿Mantengo firmemente la fidelidad matrimonial?  en la relación sexual, ¿ me preocupo del bienestar del otro, o Pienso sólo en mí?
    • En la relación de los padres con los hijos: ¿Les dedico tiempo? ¿ Les doy un buen testimonio de vida humana y cristiana? ¿Soy dialogante? ¿ Procuro enseñarles a escoger con libertad y responsabilidad su camino? ¿Les enseño a compartir lo que tienen,  tanto con los demás miembros de la familia,  como con los compañeros,  como con los pobres?
    • En la relación de los hijos para con los padres: ¿Me preocupo de los problemas de la familia, o me desentiendo de ellos, o estoy permanentemente agresivo? ¿Quiero y respeto a mis padres? ¿valoro las cosas que me dan?
    • A los ancianos de la familia: ¿Los respeto? ¿Les doy cariño y la atención que necesitan? ¿Me preocupo por su bienestar material y espiritual?
    • En la relación entre todos los miembros de la familia: ¿Colaboro para que el clima familiar sea lo más positivo posible, de modo que todos podamos encontrarnos bien en casa, vivir con paz y tranquilidad?
    • En mi familia: ¿Vivimos sólo preocupados por los intereses familiares (los mejores colegios para los hijos, un buen coche, la segunda residencia, etcétera), O bien somos conscientes de que debemos dedicar parte de lo que tenemos a ayudar a los que tienen menos, y que para ello hay que rebajar el propio nivel de vida?
  4. En el uso del dinero: ¿Vivo pendiente del dinero? ¿Pienso constantemente en cómo tener más dinero? ¿Pienso que hay que espabilarse para tener más dinero,y dejarse de escrúpulos y preocupaciones morales? ¿Tengo Claro que la propiedad y el dinero no tienen un valor absoluto, que no son sólo míos, sino que implican unos deberes sociales? ¿Comparto mis bienes con los que tienen menos que yo? ¿Qué parte de mi dinero dedico a la solidaridad con los más necesitados?  Si tengo familiares o amigos que están en mala situación económica, ¿Cómo les ayudó?
  5. En las relaciones laborales:  Si soy empresario o tengo cargos directivos: ¿Me preocupo de que los salarios de los trabajadores sean dignos? ¿Hago lo que puedo para que el efecto de la crisis económica no recaiga sobre los que tienen menos? ¿Hago mi trabajo lo mejor que puedo?  Si soy trabajador: ¿Cumplo con mi trabajo con eficiencia y dedicación? ¿Soy solidario con los demás trabajadores, especialmente con los que están en peor situación que yo? ¿Respeto y cuido los útiles e instalaciones que me proporcionan para el correcto desempeño de mi trabajo?
  6. En la vida social: ¿Me preocupo por el bien y la prosperidad de mi comunidad, o bien llevo una vida centrada en mí mismo? ¿Me indigno ante las injusticias, o me dejan indiferente? ¿Defiendo a los oprimidos? ¿Ayudo a los que lo pasan mal? ¿Colaboro para una convivencia mejor para todos? ¿Me desentiendo (o incluso desprecio) a los pobres, los débiles, los inmigrados, los enfermos, los ancianos? ¿Participó según mis posibilidades en la promoción de una vida más digna para todos? ¿Conozco las distintas iniciativas y actividades que se realizan en este sentido, como por ejemplo, la acción de Cáritas y de los grupos de ayuda fraterna? ¿Participó en las actividades ciudadanas que ayudan a una mejor convivencia? ¿Pago mis impuestos? ¿Procuro que se conserven y que no se estropeen los bienes que son de uso público? ¿Me preocupo por la protección de la naturaleza y del medio ambiente? ¿Cuando salgo a lugares de mar o de montaña, ¿Procuro que quede limpio allí donde he estado,  y evito crear peligro de incendio o degradación?
  7. Respecto a las actitudes personales: ¿Me amó a mí mismo como Dios me ama? ¿Me aceptó, con mis limitaciones y debilidades? ¿Vivo la paz y la confianza que Dios me da? ¿Me esfuerzo por corregir mis malas inclinaciones, como son el abuso en comer y  beber? ¿Llevo una vida sexual desordenada? ¿Por pereza, dejó de realizar lo que debería? ¿Reaccionó a menudo  con ira? ¿Soy amigo de provocar líos y riñas? ¿Soy antipático? ¿Soy protestón? ¿Lo encuentro siempre todo mal? ¿Hago rendir las posibilidades que tengo y que Dios me ha dado? ¿He aceptado con paciencia, los dolores y contrariedades con los que me he encontrado en mi vida? ¿He actuado siempre con limpieza, o quizá he actuado contra mi conciencia por temor o hipocresía? ¿Soy capaz de cargar cada día con mi cruz, con mis responsabilidades en la vida? ¿Soy capaz de ir superando las dificultades, de esperar y confiar a pesar de todo? ¿Me esfuerzo por poner paz en mi persona, controlando mis pasiones, mis instintos, procurando que sea mi conciencia y mi espíritu quién dirija mi vida? ¿He tratado siempre de actuar dentro de la verdadera libertad de los hijos de Dios, según la ley del Espíritu, o soy siervo de mis pasiones y egoísmos?

¡Ánimo!  Un corazón arrepentido Dios nunca lo rechaza, y el único pecado que no es perdonado, es dudar de su misericordia. Una vez que has revisado ante Dios tu vida, debes acercarte al confesionario, y con esperanza en el amor de Dios, iniciar tu confesión, que debe tener estas tres cualidades:  Humilde: hacerse con verdadera humildad;  Entera: deben manifestarse todos los pecados de los que se tenga memoria;  y Sincera:  deben declararse todos los pecados como son, sin excusarlos, disminuirlos ni aumentarlos.

Por último, el Sacramento de la reconciliación, hemos de recordar, tiene su momento culminante y sólo alcanza su plenitud con la absolución: cuando el pecador manifiesta su conversión al sacerdote en la confesión sacramental, y Dios mismo le concede su Perdón por medio del signo de la absolución. Las palabras de la fórmula sacramental que pronuncia el sacerdote y el gesto de la imposición de la mano y la señal de la cruz expresan con toda intensidad y sencillez la acción reconciliadora de Dios.