Primer Domingo de Cuaresma

Este domingo la liturgia nos presenta a Jesús predicando que el reino de Dios ya ha llegado y pide dos actitudes para recibirlo: el arrepentimiento y creer en el Evangelio.

cuaresma-3El arrepentimiento es reconocer que algo está mal entre nosotros, o que no está tan bien como debiera, y además, querer cambiarlo,  lo cual implica referirnos a algo o a alguien que es la norma, modelo o ideal con el que debemos confrontarnos y, a la vez, nos anima e impulsa a superarnos, y este es Jesús en el Evangelio, pues Jesús, siendo perfecto hombre y el hombre perfecto, es el ideal del ser humano, y por eso, debemos conocerlo,  admirarlo y querer seguirlo, ser como él. Debemos compararnos con él, y así darnos cuenta, no solo de lo malo que hay entre nosotros, sino de todo en lo que podemos superarnos.

La cuaresma es la oportunidad que la iglesia nos da cada año para decidirnos por Jesús, es el momento de ser verdaderamente libres de todo lo que nos disminuye como seres humanos , y ser libres para seguir a Jesús y alcanzar nuestra plenitud en él.  Es la invitación a confrontarnos con nosotros mismos,  ir al “desierto”  movidos por el espíritu para revisar nuestra vida a la luz del ejemplo de Cristo. Por eso, en los tres primeros trípticos de cuaresma, presentaremos uno de los exámenes del ritual de la reconciliación comentándolo brevemente como guía de nuestra revisión de vida

Primera Parte: El Señor dice: “Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón”

Nos remontamos el primer mandamiento de la ley de Dios, sintetizado en un amor que es correspondencia con el amor con que Dios nos amó primero. Veremos qué camino toman las series de preguntas propuestas en el Ritual.

1.- ¿Está mi corazón dirigido hacia Dios, de tal manera que con verdad le ame sobre todas las cosas, como un hijo a su padre, cumpliendo fielmente sus mandamientos, o me he preocupado preferentemente por las cosas temporales? ¿ tengo pureza de intención en mis acciones?

Dos preguntas a las que podemos y debemos responder.

  • La vocación del hijo de Dios es la vocación del convertido a Dios. convertirse significa hacer converger todo hacia aquel a quién nos convertimos. Significa “ volverse- hacia”. Se trata de enfilar el rumbo hacia Dios, hacia lo primero, hacia lo absoluto. El corazón puede jugarnos malas pasadas. Podemos engañarnos a nosotros mismos, dada nuestra falibilidad. Querer amar a Dios, no significa amarlo de hecho. Por eso la pregunta dice “con verdad”: con un amor verdadero, no falseado. Con un amor que busca a Dios, sabiendo que el resto vendrá por añadidura, olvidándose un poco del “yo”  que a veces se convierte en un tirano exigente.  Pero no se trata de cualquier amor, sino de una calidad en extremo calificada: “como un hijo a su padre”. Se trata de vivir filialmente, en dependencia y diálogo con ese Dios a quien llamamos “Padre”. Y sólo vive en relación con su padre quien dialoga con él, escuchándolo y hablándole con entera confianza. Quien no escucha su padre ni le habla, de hecho, está tratándolo como si hubiera muerto.Y nosotros, frente a Dios, No podemos portarnos como huérfanos. Pero, la pregunta finaliza con esta frase: “cumpliendo fielmente sus mandamientos”. Lo esencial de esta relación hijo-padre radica en la obediencia. Tal como Cristo frente a su padre: obediente hasta la muerte, y una muerte de cruz. No se trata de realizar un acto de fe que es el límite a una mera afirmación intelectual: reconocer la existencia de un Dios a quién puedo llamar “Padre”. Se trata de vivir como un buen hijo frente a un óptimo Padre. Se trata de poner en práctica la palabra de Dios escuchada que nos llama a la filiación. Y este poner en práctica nos sacará de abstracciones y de teorizaciones respecto al cristianismo, como si todo consistirá en asentir ideas acerca de Dios. Lo que importa es permitir que Cristo prolongue su acción en nuestra historia. Y esto es algo totalmente nuevo.
  • La preocupación preferencial por las cosas temporales.  Veamos que no se nos dice: ”preocupación por las cosas temporales”, sino ”preferencial”. Tenemos que preocuparnos por las cosas del mundo. Estamos en este mundo, en esta historia, en este país, con estos padres y esos parientes y estas circunstancias. Anhelar otra cosa sería un deseo vano y un escapismo. No escapemos… pero, dediquemos la atención preferencial al Reino de Dios.  Así nos lo enseñó Jesús. El resto… será la añadidura que Dios no niega a quienes lo prefieren.  
  • Una recta escala de valores comienza por el número “uno”.  Este primer lugar toca a Dios y nada ni nadie puede reemplazarlo.  pero… ¿ no la vemos reemplazado, y más de una vez? ¿No habrá quedado el señor relegado a los datos libres o a las circunstancias en las que he necesitado de él porque las cosas no me salen como querría? ¿No habrá estado antes que Dios mi familia, mis bienes, mis negocios, mi carrera, mi estatus,  mi fama, mis viajes, mis ambiciones, mis proyectos…?  Quitando el pecado, todo es bueno, aunque en la historia peculiar de cada hombre, no todo bien pueda ser convincente. No podemos quedarnos con todos los bienes, Pues nos quedaríamos sin ninguno. Un recto acto de prudencia nos debe mover a elegir. Y toda elección supone dejar lo que no se elige.Teniendo en cuenta nuestra vocación, nuestro estado familiar, el derecho natural que me debe permitir ciertos bienes para alojarme, para alimentarme, vestirme y para educarme; teniendo en cuenta los servicios que yo deba dar a mi prójimo, mi situación cultural ante los talentos recibidos y ciertas sobrias y sanas inclinaciones a las que puedo satisfacer, Debo poner límites claros a mis apetencias. Hay personas que no tienen fondo. en este caso no habrá bienes de la tierra que puedan aquietarlas.  siempre habrá algo más qué querrán alcanzar.  con esta postura, podríamos convertirnos en insaciables.  y los insaciables siempre relegan a Dios a un plano inferior al debido, porque su tiempo está ocupado y su ser está preocupado por “ las cosas”,  por la realidad es que no sólo son menos que Dios, sino que también son inferiores al hombre mismo. La alternativa fue formulada ¿Cuál será nuestra respuesta?
  • La bondad o la malicia de nuestras acciones radican la ”intención” que me haya movido hacer tal o cual cosa. es verdad que debo rectificar mis intenciones, educar mis intenciones, “purificar” mis intenciones, para que no se equivoquen. Si al hacer algo bueno quiero decir a Dios  y servir al prójimo, esa intención dará colores buenos a la acción, aunque ésta, cuando la haga, no aparente ser demasiado brillante. Si al hacer algo bueno, mi intención es la vanidad, el deseo de ser tenida en cuenta o de aparentar, aún la acción buena que pueda realizar, irá viciada por esta intención torcida. de aquí la importancia grande de rastrear en lo hondo de nuestro ser, allí donde se gestan las sobras, en esa “zona de intenciones” donde pueden germinar o fracasar las futuras obras buenas, para anticipar allí nuestra acción. “¿Tengo pureza de intención de mis acciones?”

2.- ¿Es firme mi fe en Dios que nos ha hablado por medio de su hijo? ¿Me he adherido con firmeza a las doctrinas de la iglesia? ¿Me he preocupado por adquirir la instrucción cristiana, escuchando la palabra de Dios, participando en la catequesis, evitando lo que atenta contra la fe? ¿He profesado siempre con valor y sin temor la fe en Dios y en la iglesia?

Casi todas estas preguntas van dirigidas en orden a la fe y al testimonio de dicha fe. Un cristiano es un creyente que debe dar razón de su fe. Debe testimoniar, siguiendo a Cristo,  modelo ejemplar, para probar, con sus obras, la fe que profesa.